De mentirosos e hipócritas
Hay palabras que comparten frontera y conviene no confundirlas. Mentira e hipocresía es una de ellas. Pero la frontera, cuando uno se acerca, se vuelve menos nítida de lo que parecía al principio. Hay una zona en la que ambas se rozan, otra en la que se confunden, y otra, la más interesante, en la que se separan limpiamente y muestran que no eran lo mismo. Llevo días dándole vueltas a esa zona, y termino escribiendo desde ahí no por convicción, sino por una insistencia que ya no sé cómo callar.
Lo he visto en consulta. No una vez. Muchas. Pacientes que llegaban diciendo que mentían, en sus relaciones, en sus trabajos, a sí mismos, y otros que describían vidas enteras edificadas sobre una pose, sin sentir que estuvieran mintiendo, porque ya no recordaban quién eran cuando no la sostenían. Y el contraste, repetido en sesión tras sesión, me ha enseñado algo que tardé en encajar: el mentiroso, casi siempre, está más cerca de la verdad de lo que él mismo cree. El hipócrita, en cambio, ha hecho de la distancia con la verdad su lugar de descanso.
La mentira es un acto. Tiene fecha, tiene un antes y tiene un después. Quien miente conoce la verdad y elige guardarla, decirla a medias, deformarla por miedo, por amor, por torpeza, por necesidad de tiempo. Y por eso la mentira siempre pesa. Pesa porque hay dos tiempos dentro, el de lo sabido y el de lo dicho. La persona que miente carga con esa diferencia. A veces la carga durante años. Pero la carga.
La hipocresía no es exactamente una mentira más larga. Es otra cosa. No es un acto, es una forma. No tiene fecha porque no tiene un comienzo identificable. Quien es hipócrita ha dejado de saber que lo es. Ha vivido tanto tiempo dentro de un personaje que ya no distingue dónde termina la voz que se ha dado a sí mismo y dónde empezaba la suya. Por eso la hipocresía no pesa de la misma manera. Descansa. Se acomoda. Y desde ese acomodo opera con una eficacia tranquila que la mentira nunca alcanza.
Conviene matizar antes de seguir. No estoy hablando de la cortesía ni del tacto, ni de las pequeñas distancias que ponemos en la vida cotidiana entre lo que pensamos y lo que decimos. Esas distancias forman parte de cómo se vive. Si las elimináramos del todo, nos resultaría imposible convivir. Sería un constante “sincericidio”, permitanme la expresión…; no obstante, la amabilidad implica callar a veces, suavizar a veces, aplazar a veces. Eso no es hipocresía. Eso es la respiración común que hace habitable la convivencia. La hipocresía empieza, creo, cuando la distancia entre lo que se dice y lo que se hace deja de ser un margen funcional y pasa a ser una estrategia. Una estrategia que, con el tiempo, ni siquiera se reconoce a sí misma como tal. La hipocresía duradera no es astucia. Es olvido. La persona ya no sabe que está fingiendo, porque hace demasiado tiempo que el papel se le incrustó.
Cuando uno mira los discursos públicos con un poco de calma, encuentra el mismo movimiento. Se habla del cuidado, se habla de la prevención, se habla del bienestar emocional. Y a la vez, en la práctica, las cosas que harían posible aquello de lo que se habla siguen sin estar. La consulta a la que llegará el adolescente del que se acaba de hablar tiene una lista de espera de meses. La formación que haría falta para que un profesor supiera qué decir cuando un alumno aparece distinto un lunes por la mañana no aparece en el calendario. El profesional que se desmoronaría si tuviera tiempo para hacerlo, no lo tiene. Esa distancia entre lo que se dice y lo que se sostiene no funciona como mentira. Funciona como costumbre. Y la costumbre, cuando dura, deja de incomodar.
No es que las instituciones mientan. Es que aprenden a hablar de algo sin tener que hacerlo. Y lo más perturbador, lo que me deja más callado cuando lo pienso, es que muchas veces no hay un mentiroso identificable detrás. La hipocresía estructural funciona así. No tiene autor. La firma todo el mundo y nadie la asume.
Víktor Frankl escribió desde Auschwitz que al hombre se le puede quitar todo menos una cosa: la última de las libertades humanas, la de elegir la actitud ante cualquier circunstancia. Lo escribió desde el extremo del sufrimiento posible. Y sin querer comparar lo incomparable, pienso que la hipocresía es, en su forma más íntima, la renuncia silenciosa a esa libertad. No la pérdida. La renuncia. Decir una cosa y hacer otra sin que la contradicción produzca ya ninguna incomodidad. La incomodidad, ese es el punto. La mentira incomoda al que miente. La hipocresía deja de incomodar al hipócrita. Y eso es lo que la hace, clínicamente, mucho más difícil de mover.
La mentira incomoda al que miente. La hipocresía deja de incomodar al hipócrita. Y eso es lo que la hace, clínicamente, mucho más difícil de mover.
Con el mentiroso se trabaja. Su mentira lleva, casi siempre, el dato de lo que está intentando proteger. La pregunta útil en consulta no suele ser por qué mientes, sino qué estás cuidando con esa mentira. Detrás del que miente hay, casi siempre, una historia: un miedo, una vergüenza, una herida, que sé yo... La mentira es, paradójicamente, la prueba de que la verdad sigue ahí. Si el paciente sostiene una mentira, es porque sabe lo que está debajo. Cuando logra soltarla, lo que aparece está sorprendentemente cerca de la superficie.
Lo difícil es lo otro. Cuando alguien lleva tantos años sosteniendo una pose que ha olvidado que era una pose, el trabajo terapéutico no consiste en pillar la incoherencia, porque para esa persona ya no hay incoherencia. Consiste en algo más lento y más doloroso. Consiste en ayudarle a recordar la voz que tenía antes de empezar a hablar la voz de los demás. Y ese recordatorio rara vez es alegre. Reconocer que durante años uno ha vivido una vida que no era exactamente la suya implica un duelo. Por las relaciones que se construyeron desde ese aparentar que devora y que quizá no resistan que uno baje la voz. Por las decisiones que se tomaron desde un personaje y a las que ya no es fácil dar marcha atrás. Por el tiempo, sobre todo. Por el tiempo.
He visto a personas atravesar ese recorrido. No lo recomiendo a nadie con ligereza. Recordar la propia voz, cuando se lleva tanto tiempo hablando desde otra, es un proceso que pasa por muchas formas de dolor. Por reconocer que algunas relaciones no funcionarán cuando uno deje de fingir. Por aceptar que la persona que era hace una década no era exactamente la persona que sus interlocutores creían querer. Pero los he visto llegar. Y lo que aparece después no es triunfo. Es algo más pequeño y más serio. Es la posibilidad, recuperada, de habitar una frase sin tener que vigilarla.
Hay otra dimensión que no quiero dejar fuera. Es la dimensión de uno mismo. Quien escribe esto, también. Cuando uno trabaja con personas y observa cómo opera la hipocresía en otros, hace mejor en sospechar de la suya antes que de la de los demás. Las pequeñas hipocresías de “andar por casa”, las que se acomodan en uno casi sin pedir permiso, las que se justifican como cansancio o como conveniencia o como prudencia, también merecen una mirada. No para flagelarse. No para rumiar. Para no perder la incomodidad cuando aparece. La incomodidad, otra vez, es buena señal. La incomodidad es lo que separa la mentira de la hipocresía, y la hipocresía circunstancial de la hipocresía instalada. No seamos hipócritas, ni mentirosos… Seamos honestos, todos mentimos, en algún punto, en ciertos aspectos… la pregunta es siempre “sobre qué “ y quizás lo más importante “para qué”…
La honestidad, esa palabra que todos invocamos como virtud, es en realidad una práctica que tiene un precio. No consiste en decirlo todo. No consiste en una transparencia inocente que ignora los efectos de lo que se dice. Consiste, creo, en sostener dentro de uno la diferencia entre lo que se sabe y lo que se dice, y en no dejar que esa diferencia se acomode hasta el punto de no notarse. La honestidad como cuidado de la propia incomodidad. Como ejercicio cuando uno calla por amor o por estrategia, para que ese dolor avise de que el silencio no es gratis. Para que la palabra siga teniendo peso.
La mentira pesa. La hipocresía descansa. Y descansar a costa de los demás, dicho sin grandilocuencia, también es una forma de violencia. Y entonces lo que hace falta no es un juicio. Es alguien que, con cuidado y sin estridencias, le devuelva el peso de habitar la verdad, la propia.. desnuda. A alguién que nos devuelva la incomodidad. Nos devuelva, en una palabra, la voz.
No sé si podemos librarnos del todo de ser un poco mentirosos a lo largo de la vida. Probablemente no. Tampoco sé si podemos garantizar que no caeremos, alguna vez, en la hipocresía. Lo que sospecho es que hay algo que sí podemos elegir, y es a cuál de las dos preferimos parecernos. Si al peso de saber lo que callamos, o al descanso, mucho más caro de lo que parece, de no saberlo ya.



Difícil poder entender en toda su dimensión con una primera lectura. Hay una profundidad en todo lo expuesto que asusta, que incomoda, pero que reconforta si al final, sólo al final, somos capaces de poder ver con claridad esas diferencias tan pequeñas y tan grandes a la vez. Enhorabuena y gracias siempre por tus aportaciones